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“me
hastía todo, hasta la misma gente,
porque el guayabo que a sentir empiezo
parece en mi interior como un sabueso
que me clava sus garras inclemente
me duele todo el cuerpo hasta la frente
y juro por mi madre que por eso,
aunque el trago me brinde su embeleso,
jamás vuelvo a soplarme un aguardiente”.
“el guayabo”
fragmento de bernardo palacio mejía
poeta quindiano.
Quien en nuestra cultura no ha buscado de una u otra forma exaltar más
su felicidad o huir de manera escurridiza de la soledad, o calmar sus
nervios u olvidar aunque sea por un instante sus problemas.
Esto es parte de nosotros mismos, gracias a la formación que hemos
recibido, es un factor común en todo occidental. Es pues que como
hombres de carne y hueso, culturizados en la “modernidad”, donde lo
importante es el “individuo sólo, autodeterminado, igual” recurrimos al
cigarrillo, a algunos tranquilizantes o al alcohol; según las
preferencias de cada cual. Desde pequeños se nos ha dicho que el
cigarrillo afecta seriamente los pulmones y puede causar cáncer, sin
embargo muchos desde los 13 o 14 años empiezan a fumar. Nos han dicho
también que el consumo de drogas alucinógenas altera el metabolismo e
incluso puede llevar a la muerte, sin embargo cada vez van en aumento
los índices de consumo de estas a nivel mundial. De igual manera, pero
no tan marcada como las anteriores se nos ha advertido que el alcohol en
exceso destruye las neuronas, afecta de manera peligrosa el hígado y
estropea la conciencia de la persona, sin embargo, en gran parte de la
sociedad el consumo de licor es incluso celebrado desde la minoría de
edad.
Las consecuencias de esta costumbre las vemos a diario tanto en personas
ajenas a nosotros, como en nosotros mismos. Lo que popularmente se
conoce como guayabo es simplemente la respuesta del cuerpo humano a la
inclusión en él de sustancias dañinas y en algunos casos esta reacción
es tan fuerte que la persona “se promete” no volver a beber. Es decir,
existe plena conciencia del daño que se esta auto causando.
Entonces a qué se debe que teniendo el conocimiento y sufriendo en carne
propia los efectos del alcohol las personas lo sigan consumiendo sin
ninguna mesura?
Podríamos pensar en varias opciones, veamos:
La persona al entrar en un estado de euforia, sea este causado por
alegría, tristeza, enojo etc... generalmente piensa que en esta ocasión
“un traguito no le hace daño a nadie” e incluso si esta triste sirve
para “Ahogar las penas”. Entonces por esta vez no será tan dañoso...
Si es un bebedor empedernido, ha hecho de la embriaguez un estado
natural que no le ha de afectar más de lo que le puede afectar la vida
estando sobrio.
Si es un joven, que mejor manera de ir contra la corriente. De esta
forma manifiesta su rebeldía. Y que mas da, “el traguito lo hace pasar
muy buenos momentos” además de hacer sentir mas y osados.
Pero tal vez la principal razón para que la comunidad siga siendo un
excelente consumidor de alcohol es la aprobación velada de cada uno de
sus miembros como algo que pertenece a la idiosincrasia de la comunidad
misma.
Y como sucede esto? Pues al igual que con la mayoría de los bienes de
consumo, con el alcohol sucede lo mismo. La aprobación o desaprobación
de un bien es dada no necesariamente por el consumidor sino por las
empresas que los producen. Esto lo hacen por medio de la publicidad y
los círculos de poder que se ven fortalecidos por el pensamiento
tradicional del consumidor.
Es así que cambiar el concepto de conveniente o inconveniente, de dañino
o beneficioso de un “producto” en una comunidad en la que durante siglos
se ha aprobado, aunque algunas veces de manera tácita ciertas costumbres
que resultan ser poco beneficiosas a la naturaleza del ser humano, sólo
puede comenzar en la medida en que las víctimas ajenas al consumidor
directo se hagan a la tarea de entender el alcohol como un elemento tan
peligroso como otras sustancias psicotrópicas o estimulantes.
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